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domingo, 15 de febrero de 2009
En busca del invierno
Pasadas las 230:00 de la tarde, Gerclay se personó allí. Los encontró en el cuarto de estar, sentados cada uno en un sillón diferente, pero los tres embobados mirando a su alrededor. Se percataron de su presencia y pasaron a fijar la atención en él. Gerclay les hizo un saludo con la mano acompañado de una leve sonrisa.
- Bien... - dijo mientras se sentaba en uno de los sillones enfrente de ellos - necesito que me presten atención durante los próximos minutos. Voy a contarles cual será su cometido mientras vivan aquí - Dricbert notó como a Gerclay se le iluminaban los ojos después de decir esto.
Justo en ese momento, el fatídico destino quiso que a Dricbert le diese un infarto cerebral. Mientras alzaba la cabeza hacia el techo con los ojos en blanco, pudo percibir como última imágen antes de adentrarse en la eternidad el vuelo solemne y majestuoso de un ruiseñor que pasaba en aquel instante por delante de la cristalera.
Fin.
viernes, 30 de mayo de 2008
En busca del invierno
Capítulo 3:
Dricbert estaba excitado aquella mañana, se levantó antes que de costumbre y comenzó a hacer la maleta, o más bien a rehacerla. La había preparado por lo menos veinte veces desde el día anterior. No tenía demasiadas cosas que llevarse, y no es que tampoco le fueran a servir de mucho en el lugar al que iba, pero en su todavía corto trayecto por el camino de la vida, aquella vida gris y decadente, había destinado parte de su escaso amor proyectado hacia el exterior a ciertos objetos materiales de los que ahora no podía desprenderse. Tras cerrar la maleta, ahora si convencido de que sería la última vez que lo haría, salió de su cuarto y se dirigió a la cocina. Se encontró a su madre ya levantada. Estaba de pie, observando a través del pequeño ventanuco, con la mirada perdida.
- ¿Qué miras mamá?
Se giró sobresaltada.
- Nada... ¿Ya te has levantado?
- Si, no fuí capaz de dormir en toda la noche.
- Yo tampoco - contestó su madre dejando escapar un suspiro que no se sabía bien si era de tristeza o todo lo contrario.
- ¿Y ella aún está durmiendo?
- Si, no parece demasiado entusiasmada.
Dricbert se sentó a la mesa. Trajo hacia sí una especie de cuenco lleno de una gran variedad de hierbas. Cogió unas cuantas, las troceó con las manos y las empezó a comer con inusidata avidez. Su madre, con la espalda apoyada contra la pared y los brazos cruzados, le miraba con atención.
Eran las 56:00 en punto de la mañana, justo la hora que Dricbert llevaba esperando desde hacía días. La hora a partir de la cual su vida cambiaría para siempre. Estaba junto al camino, con la maleta en la mano, oteando con impaciencia el horizonte. Su madre y su hermana estaban detrás de él. Ambas llevaban también una desgastada maleta, y también las dos observaban con interés hacia el lugar por dónde debería aparecer un coche en cualquier momento. Después de poco más de cinco minutos de silenciosa espera, un lejano ruido de motor comenzó a sonar cada vez más claro. El vehículo avanzaba indeciso por el descuidado camino, con una nube de polvo que le perseguía en su continuo avance. Al llegar a su altura, se detuvo. Del asiento del piloto salió un hombre que les miró con detenimiento, pero que no articuló palabra alguna. Simplemente cogió las maletas y las guardó en el maletero. Abrió la puerta trasera y con un gesto les invitó a entrar. Dricbert fué el primero en hacerlo, seguido de su madre y por último su hermana. El hombre cerró la puerta y volvió a sentarse al volante. Le acompañaba alguien en el otro asiento. Por el espejo lateral Dricbert pudo ver que se trataba de Rowger. El coche arrancó, y con el silencio de sus ocupantes como único acompañamiento, inició el viaje hacia Hillhighland, o lo que era lo mismo para Dricbert y su familia, el viaje hacia lo desconocido.
- Mira Dricbert.
Se incorporó con gesto contrariado. Su madre señalaba, con el brazo entre los dos asientos delanteros, hacia el horizonte. Dricbert se fijó con atención. A lo lejos, podía divisar una gran extensión completamente verde, que abarcaba todo lo que su vista le dejaba ver. Por un momento se le olvidó el mareo, y observaba atónito la extraña realidad disfrazada de desconocida belleza que ante él se presentaba. El coche se aproximaba cada vez más, ahora por carretera normal, dejados ya atrás los sinuosos caminos. Dricbert comenzó poco a poco a divisar un árbol..., otro..., y otro más..., había cientos..., miles..., y todos formaban un homogéneo conjunto de color verdoso tan bello que ponía la piel de gallina y hacía aflorar las lágrimas. Notó como le caía una gota sobre el brazo. Con la boca abierta y los ojos todavía exageradamente abiertos, bajó la cabeza despacio. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Volvió a subir la cabeza, vió que la carretera seguía a través del bosque y antes de que se diera cuenta estaba rodeado de árboles por todas partes. Ahora estaba inquieto en el asiento, no sabía ya ni hacia dónde dirigir su vista. Delante, detrás, a la izquierda y a la derecha. Mirara donde mirara, aquellos gigantes que ocultaban el cielo estaban ahí. Su madre y su hermana tenían ahora la misma expresión que él. En el asiento de atrás de aquel vehículo blanco que cirulaba a gran velocidad entre secuoyas, reinaba la incredulidad y el desconcierto. En el asiento deantero, Rowger observaba por el retrovisor con un tímido gesto de satisfacción.
Capítulo 4:
La salida del bosque supuso la entrada en un nuevo mundo, completamente distinto al que había al otro lado. Grandes campos multicolores se extendían a ambos lados de la carretera. En algunos de ellos, animales que Dricbert nunca había visto, campaban a sus anchas con envidiable naturalidad. Pronto comenzó a divisar las primeras casas. Tenían pinta de ser de un material bastante resistente. No se podía explicar como aquellas inmensas moles no se venían abajo por su propio peso. Cuanto más avanzaba el coche, mayor era la concentración de las casas. De viviendas aisladas, pasaron a ser pequeños nucleos, luego numerosas poblaciones y finalmente, tras un giro del vehículo a la izquierda, una carretera descendente, más ancha que la que habían dejado, conducía a la ciudad. El espectáculo era maravilloso. Desde lejos ya se podía advertir la gran cantidad de casas y edificios que convivían entre sí en aquel inmenso mar de hormigón. El coche circulaba ahora despacio por las calles, entre otros vehículos que mantenían un orden en aquel aparente caos. Tras tomar unos cuantos desvíos, el coche se detuvo ante una inmensa construcción de color azulada, con enormes cristaleras que reflejaban el sol y lo devolvían con furia al exterior. Rowger bajó del vehículo, abrió la puerta trasera y descendieron sus tres ocupantes. Les condujo al interior del edificio, a través de inmensos pasillos, cuyos suelos, paredes y techos presentaban un atractivo tono rosáceo. Al llegar ante una gran puerta Verde, Rowger se detuvo, les pidió que esperasen y entró. Al rato volvió a salir y les indicó que entrasen. Con un apenas imperceptible gesto se despidió de ellos.
El despacho al que pasaron era inmenso. Tan solo tenía tres paredes propiamente dichas, la cuarta era una enorme cristalera que abarcaba todo el fondo del cuarto y que dejaba ver, desde aquel piso del edificio, como el mundo se desarrollaba allá abajo, en las calles de la ciudad. De espaldas a la cristalera, un hombre recostado sobre su sillón, situado delante de una imponente mesa, les observaba con exhaustividad. Se inclinó hacia delante para hablar:
- ¿Así que vosotros sois los que Rowger se ha traído de Cardboardstone?
La pregunta era demasiado obvia. Dricbert miró a su madre.
- Así es - respondió ella.
- Bien. Rowger os habrá dicho ya cual será vuestra nueva casa, y todo eso... - añadió haciendo un movimiento con la mano, como quien aparta una mosca - ¿no?.
- Si. Aunque aún no la hemos visto.
- Verán..., antes de trasladarse de manera definitiva a la que será su futura casa, nos gustaría que pasasen unos días aquí, viviendo en este edificio, ya que tenemos que solucionar todavía unos detalles que tenemos pendientes, cosas de papeleos..., ciertos trámites..., no se si me entienden... - hizo una pausa, para luego continuar - Además les vendría bien para..., digamos que se trataría de un perido de adaptación a su nueva vida, y quien mejor que nosotros para estar a su lado durante la asimilación de ese cambio - añadió mostrando una amplia sonrisa.
Ninguno de los tres articuló palabra alguna. La verdad es que tampoco sabían muy bien que decir, simplemente se limitaban a escuchar con atención.
- Ahora llamaré a mi secretario y les conducirá a la parte superior del edificio. Es allí donde tenemos las residencias particulares. Les hemos reservado una exclusivamente para ustedes, instálense y espérenme allí. Sobre las 226:00 de esta tarde subiré para darle ciertas indicaciones acerca de su... proceso de adaptación que antes les decía - volvió a sonreir.
Dicho esto, trajo hacía si un teléfono completamente de color amarillo, situado a su derecha. A la izquierda tenía otro, pero este era de color verde. Sus colores tan vivos hacían dar la impresión que se trataba de teléfonos de juguete, de plástico. Desde luego resultaba cuanto menos pintoresco. El hombre le habló al aparato:
- Damion, pasa por el despacho, ya han llegado.
Colgó el teléfono y se dirigió otra vez hacia ellos:
- Sus maletas ya las han subido, ahora esperen a que venga Damion.
Agachó la cabeza y se sumergió en una montaña de papeles desordenada que tenía encima de la mesa. La levantó un momento para añadir:
- Por cierto, que aún no se lo había dicho, me llamo Gerclay.
El apartamento estaba dividido en cinco cuartos. Todos consecutivos, intercomunicados entre si por puertas comunes, y todos ellos con la misma fisionomía del despacho que habían abandonado: tres paredes y una gran cristalera de fondo, a modo de cuarta pared. Todos excepto el último, el cuarto de baño, que era de menor tamaño y solo tenía una ventana situada justo en medio del techo. Las habitaciones tenían una especie de pasarela que iba de la puerta entrante a la saliente, a modo de camino a seguir para pasar de unas a otras. Además del baño, y de las tres habitaciones, el primer cuarto era una especie de sala de estar, que emanaba opulencia y magnificencia allí donde uno posase la vista.
Pasadas las 230:00 de la tarde, Gerclay se personó allí. Los encontró en el cuarto de estar, sentados cada uno en un sillón diferente, pero los tres embobados mirando a su alrededor. Se percataron de su presencia y pasaron a fijar la atención en él. Gerclay les hizo un saludo con la mano acompañado de una leve sonrisa.
- Bien... - dijo mientras se sentaba en uno de los sillones enfrente de ellos - necesito que me presten atención durante los próximos minutos. Voy a contarle cual será su cometido mientras vivan aquí - Dricbert notó como a Gerclay se le iluminaron los ojos después de decir esto.
(continuará...)
jueves, 22 de mayo de 2008
En busca del invierno
Capítulo uno:
Caía la noche sobre Cardboardstone, y Dricbert decidió que debía volver a casa. Se incorporó, se sacudió las manos y echó a correr. Tras cruzar el puente de hojalata, situado sobre el río de uranio que dividía la ciudad en dos, llegó a su hogar. Abrió la puerta de cartón, al cerrarla volvió a colocar el cordel en su sitio, y se dirigió a la cocina. Al entrar, vió que su hermana ya estaba cenando, mientras su madre cocinaba. Se giró hacia él:
- Ya pensé que no ibas a venir.
- Es que estaba cogiendo rocatrúcalos.
- ¿Otra vez? ¿Para que los quieres? Si tienes un montón y no les haces caso.
- Es que estos eran de color rojo.
- ¿De color rojo? Que extraño. ¿Cuántos has traído?
Dricbert sacó del bolsillo un pequeño tarro de cristal, en el que se podían ver dos especies de insectos cuadrípedos.
- Pues es verdad, son de color rojo- dijo su madre levantando el tarro hacia la luz, para verlos mejor. Le devolvió el tarro para que lo llevara a su cuarto. Cuando Dricbert salió de la cocina, dirigió la mirada hacia su hija, que seguía comiendo, ajena a la conversación que allí había transcurrido.
-¿Te has fijado, Boerphie, eran rojos?
- Si, ya los he visto.
- ¿Y no te parece raro? Hace años que no se veía ninguno de ese color, pensé que se habían extinguido.
- Pues está claro que alguno habrá sobrevivido.
Dricbert volvió de su cuarto.
- Los he dejado dentro de un cajón, para que no se sientan incómodos.
- Vale, ahora cómete la cena.
Dricbert se sentó, cogió uno de los birqueles y trinchó con él el zarángano que le había preparado su madre. Mientras comía, miró a su hermana. Estaba con la cabeza gacha, fija en su bandeja, concentrada exclusivamente en desmembrar con cuidado el zarángano.
- ¿No te ha parecido raro lo que he traído?
Por toda respuesta oyó una especie de gruñido de indiferencia. Dricbert se encogió de hombros y siguió comiendo. Su madre, de pie observaba a sus dos hijos, con expresión triste. Suspiró, se volvió hacia la cazuela, y tras apagar la lumbre, vació el contendio en su bandeja. Cuando la puso encima de la mesa, sus dos hijos ya habían acabado de cenar. Boerphie se levantó, y salió silenciosamente de la cocina. Dricbert también se incorporó.
- Voy a mi cuarto.
- Vale.
Se quedó sola cenando, como de costumbre.
Dricbert abrió el cajón con cuidado. Los rocatrúcalos estaban, como esperaba, dando vueltas en círculos. Los llevó hasta la mesa, junto a la ventana. Cogió la lupa y los observó con interés. Eran exactamente igual que los otros, solamente eran distintos en el color, no tenían nada excepcional. Se dirigió con ellos al armario, abrió la puerta y retiro uno de los separadores. Quedó al descubierto una especie de cajón hondo, en la que se podían ver un montón de rocatrúcalos verdes, amarillos y azules, dando vueltas constantemente alrededor del pequeño habitáculo. Se movían continuamente en aquel reducido espacio, pero en el aparente caos existía un orden imperfecto e irregular que lo convertía en algo digno de contemplar con admiración. Dricbert añadió al grupo los dos nuevos miembros, que fueron recibidos con indiferencia, y se integraron rápidamente a la masa uniforme con absoluta normalidad. Volvió a colocar el separador en su posición original y cerró la puerta del armario. Se dio la vuelta con pesadumbre, suspiró desganadamente y se tiró sobre su cama de contrachapado. Trajo hacia si el plástico cobertor y se lo puso por encima. Al rato ya estaba durmiendo profundamente.
Al despertar, lo primero que hizo Dricbert fué ir hacia el armario, retiró el separador y observó asustado. Solamente los dos rocatrúcalos rojos daban vueltas, el resto permanecían inmóviles, inertes, con la cabeza tronzada pero todavía unida al tórax. Horrorizado, con los ojos más abiertos de lo que habitualmente se suelen tener al estar recién levantado, cogió los dos insectos que quedaban vivos y los llevó hasta el cajón en el que los había dejado la noche anterior. Volvió al armario, y contemplando la terrible escena le comenzaron a brotar las lágrimas. Hacía tiempo que no lloraba, pero en aquella ocasión lo hizo como cuando era más pequeño.
Capítulo dos:
El paisaje era desolador. El sol de la tarde ajusticiaba sin piedad el lugar. El descampado de tierra, pedregoso y polvoriento, era, siniestramente, casi lo más bello que se podía ver en aquella zona. Dricbert, en cuclillas, en medio del descampado, reunía en un montón los guijarros más vistosos. Se dió la vuelta al sentir ruido de pisadas detrás de si. Vió dirigirse hacia él un hombre de mediana edad, con gafas oscuras, enmbutido en un traje ajustado, de una sola pieza. Al llegar a su altura, el hombre se agachó al lado de Dricbert. Este le miro con cierta desconfianza. El hombre se quitó las gafas y las guardó en un bolsillo de la manga izquierda del traje.
- Hola Dricbert. Tu madre me dijo que te encontraría aquí. Me llamo Rowger, Adam Rowger. ¿Que tal estás?
- Bien... - respondió Dricbert con poco convencimiento, volviendo a su tarea de amontonar los guijarros.
- ¿Son para vender?.
Dricbert asintió. Rowger giró la cabeza para echar un vistazo a su alrededor. Tenía la frente perlada de gotas de sudor.
- Dricbert, he venido a hablar contigo acerca de esos rocatrúcalos de color rojo que has encontrado.
Dricbert se sobresaltó, pero no dijo nada, siguó amontonando los guijarros.
- Verás, Dricbert..., esos insectos que has encontrado nos interesan bastante. Tu madre me ha contado que los has guardado en algún lugar fuera de casa. - Rowger hizo una pequeña pausa para observar al niño, antes de continuar de nuevo. - Podemos llevarte a ti y a tu familia fuera de Cardboardstone, podríais vivir en Hillhighland... ¿Alguna vez has visto un árbol?. - Dricbert negó con la cabeza. - Pues allí verías cientos de ellos, y de todo tipo, y verías caer agua del cielo... ¿tampoco has visto llover, verdad? - una nueva negativa de Dricbert - vivirías en una casa cerca de un río de agua, una casa en la que no pasarías calor por el día ni frío por la noche. Tendrías todas las comodidades que puedas soñar. Serías uno más de nosotros, y tu familia estaría contigo - otra pausa - ¿Que dices Dricbert? ¿Me vas a decir donde guardas esos bichos?.
- No son bichos - replicó Dricbert mostrando cierto enojo.
- Si, ya lo sé, Dricbert, es que yo le llamo bicho a todo animal que se mueva - dijo Rowger esbozando una ligera sonrisa - ¿Me dirás dónde los guardas?
- ¿Para que los quieres?
- Los necesitamos para... hacer ciertos experimentos...
- ¿Los vais a matar?
- Es necesario, Dricbert, pero gracias a esos experimentos se salvarían millones de vidas. Piénsalo, mucha gente de la que conoces tiene el mal de Tiffer, y gracias a ti tendrían curación.
Dricbert quedó pensativo, reflexionando sobre lo que el hombre le había dicho. Sabía que no se podía fiar de Rowger, gente como él jamás había aparecido por allí para nada bueno, pero al mismo tiempo veía ante si la posibilidad de cambiar de vida, de dejar todo aquello atrás, y aunque aquel desconocido al final no cumpliese su palabra, merecía la pena intentarlo. Se incorporó, sacó del bolsillo una especie de pequeño saco de tela y lo comenzó a llenar con los guijarros que había juntado. Rowger le ayudó a hacerlo. Cuando terminaron, el hombre le pidió a Dricbert que le siguiera. Lo condujo hasta un vehículo de color blanco, y le abrió una de las puertas para que entrara. Dricbert se quedó un momento de pie, contemplando atónito su imágen reflejada en el oscuro cristal de la puerta delantera del coche.
- Vamos, entra - le indicó Rowger con la puerta trasera abierta.
Dricbert le hizo caso, agachó la cabeza y entró. Se sentó con delicadeza en el asiento de terciopelo azul. Dentro del coche el ambiente era completamente distinto al de fuera, corría una pequeña brisa de aire fresco que salía de la parte superior del techo, y que se extendía por todo el vehículo. Apoyó lentamente la espalda contra el respaldo del asiento, todo su cuerpo se acoplaba perfectamente, era una sensación indescriptible, nunca en su vida había experimentado mayor comodidad que en aquel momento. Rowger, con una sonrisa en la cara, cerró la puerta trasera, se sentó en el asiento del copiloto y cerró también la puerta delantera. A su lado, otro hombre que vestía igual, puso el coche en marcha. Ahora, con todas las puertas del vehículo cerradas, y con el leve traqueteo que producía al desplazarse a poca velocidad por el sendero, Dricbert cerró los ojos para poder sentir mejor aquel momento. Tenía la sensación de haber vendido su alma al diablo, pero el diablo no era tan malo como decían...
(Continuará...)
domingo, 11 de mayo de 2008
El misterio de la tienda de antigüedades - 3ª parte
Como os decía al principio de la historia, en la primera parte, y aunque seguramente todos os lo tomasteis a broma, en 1941, yo era un niño.
miércoles, 7 de mayo de 2008
El misterio de la tienda de antigüedades - 2ª parte
lunes, 5 de mayo de 2008
El misterio de la tienda de antigüedades - 1ª parte.
Antes de nada, tengo que deciros, muchos ya lo sabeis, que el gran Alex, futuro director de cine, ha contratado mis servicios para que le escriba un guión para un cortometraje, y por eso estoy algo ocupado y no dispongo de mucho tiempo para escribir tanto como a mi me gustaría en esta página. De momento puedo adelantaros que el primer guión que tengo ya casi finalizado llevará por título "El castigo". Cuando termine éste, espero escribir algo de comedia, un género en el que me encuentro como pez en la pecera.
Bueno, vamos a lo que vamos: esta historia que a continuación os relato ocurrió en realidad, y espero que al leerla os introduzcais en ella tanto como yo, que la viví en primera persona.
En el año 1941 (que sí, que sí, que la viví en persona, que ya veo a algunos haciendo cuentas con los dedos), había un hombre llamado Eugenio Gandul, muy famoso en estas tierras por regentar una conocida tienda de antigüedades. A pesar de ser tan conocido este personaje de distinguido nombre, yo la verdad es que no fuí consicente de su existencia hasta una mañana de abril de dicho año. Caminando desde la casa de mis padres hasta el orfanato en el que yo vivía, decidí tomar un atajo para llegar antes, que ese día había para comer sesos de burro con boñiga de vaca, y era uno de esos apetitosos manjares a los que uno no hace ascos. Tras andar un rato, esquivando las piedras del agreste sendero, mis alpargatas se detuvieron al oir unos gritos provenientes de una casa situada al borde del camino. Aunque lo más fácil hubiese sido continuar el camino silbando, recogiendo flores, y olvidarme del tema, la curiosidad ya sabemos que mata al gato, y en aquel momento sólo me faltó maullar para dar validez a esta afirmación. Me dirigí despacio a la puerta de la casa, y pegué la oreja para oir mejor.Escuché una discusión en la que intervenían hasta tres voces diferentes, y de vez en cuando se oían ruidos como de golpes, acompañados de unos gritos de dolor. Entreabrí la puerta con cuidado, intentando ver sin ser visto. Para mi desgracia, las bisagras chirriaron más que una comunidad de grillos en una noche estrellada. Me quedé con cara de tonto, de pie en el umbral, viendo a tres individuos observándome fijamente. Dos de ellos estaban de pie, el otro sentado en una silla, atado a ella con una cuerda, y tenía la cara un poco hinchada y con tonalidades diferentes. Desde luego, pruebas de maquillaje no estaban haciendo, así que a modo de excusa dije:
-Perdón, pensé que aquí era donde se vendían las entradas para el concierto de Habeas Corpus.
Cerré la puerta y eché a correr todo lo rápido que pude. El problema es que "todo lo rápido que yo podía" era menos rápido que "todo lo rápido que ellos podían", y si habeis estudiado algo de matemáticas, al restarle a un elemento el otro, el resultado final es que me cogieron. Me llevaron de vuelta a la casa. Allí dentro pude ver mejor la situación. El hombre que estaba sentado en la silla, seguía allí sentado. Difícil tenía moverse con los brazos atados a ella y los pies sujetos al suelo con un par de clavos estratégicamente colocados. Yo ahora también estaba sentado en otra silla, y también atado a ella. Al menos habían tenido la decencia de no hacerme la gracia del clavito. Desde esa posición pude ver como los tres seguían discutiendo, como si yo no estuviera allí. De vez en cuando, uno de los dos hombres que estaban de pie, golpeaba con violencia al que estaba sentado. Se iban alternando, para no cansarse, pobrecillos..., si es que todos somos humanos. Tras contemplar atónito esto durante tres largas horas, me dí cuenta que los azotadores estaban fatigados, rendidos por el esfuerzo, y el azotado ya no se aguantaba en la silla ni con cuerda ni con nada. En mi vida había visto tres personas tan cansadas desde que presenciara el maratón de Oklahoma en el que participaban Falete, Pedro Solbes y Loles León. Cuando pensé que caerían al suelo por no poder sostenerse en pie, en un último esfuerzo, uno de ellos sacó del bolsillo una navaja, y empezó a cortarle poco a poco el cuello al desgraciado que se mantenía como podía sobre la silla. Cada vez que la hoja penetraba un poco más en la garganta, la sangre salía con más violencia, a borbotones a veces, hasta ir formando un desagradable charco en el suelo. A medida que avanzaba, la resitencia de la víctima era cada vez menor. Cuando iba por la mitad, ya era inexistente, solamente le quedaba terminar lo que había empezado. Con esfuerzo, consiguió llegar al final, ya sólo quedaba la piel del otro lado del cuello que impedía que ésta se despegara completamente de los hombros. La cortó apoyandola contra el respaldo de la silla, como quien corta el pescuezo al pollo. Con la cabeza en la mano, la cara completamente cubierta de sangre, la sostuvo en alto un momento mientras soltaba una risa ahogada. Se derrumbó en el suelo, extasiado, soltando la cabeza de la mano, que rodó hasta mis pies.
Mañana continúo con la 2ª parte, que tengo que irme a dormir, y me acabo de dar cuenta que lo que empezó como una divertida historia ha degenerado hasta convertirse en una asquerosa narración de hechos macabros, así que a ver si mañana publico la segunda parte, modifico un poco ésta que se me ha ido de las manos o yo que sé. De momento ya teneis algo para leer. ¿No es lo que queríais? Pues hala, que os sirva de lección de "como no presionar a alguien a que escriba algo que él no quiere".
miércoles, 23 de abril de 2008
¿Poe? un aficionado a mi lado...
¿O es que no ves que no lo hay?,
No lo veía, mi fiel minino, pero...
¿Desde cuándo sabes tú hablar?,
Ay, mi sorprendido amigo,
de mi tú no sabes nada,
y atiende bien a lo que te digo,
que de repetírtelo no tengo ganas:
La vida es un valle sombrío
de marchitas flores repleto,
incluso de sus hojas el rocío
se desprende sin respeto
Más la culpa no es suya,
sino del gran creador,
que en un acto de locura
las relegó a la perdición
Resbalan inexorablemente
en contra de su voluntad,
por culpa de un demente
que las obligó a un final
¿Qué dices, oh, locuaz felino?,
Ni una palabra tuya me creo,
no uses artimañas conmigo
que para mí sólo existe lo que veo.
¡Cállate, maldito insensato!
Lo único que quiero es contar,
a pesar de ser un simple gato,
la verdadera historia de la realidad.
Eso es imposible, mi peludo amigo,
grandes filósofos lo han intentado,
y aunque muchos han hilado fino,
ninguno la solución nos ha contado.
Gracia me causa, ingenuo compañero,
verte hablar con tanta impetuosidad,
pero a pesar de poner tanto esmero,
no estás en posesión de la verdad.
La única verdad y la suprema
es la que a continuación te relato,
así que abre bien las orejas
que la vas a conocer de inmediato:
Una tela negra en el aire flota,
empujada suavemente por la brisa,
está vieja, raída, sucia y rota,
su viaje es largo, pero parece no tener prisa.
Anonadado me dejas, amigo gatuno,
has conseguido hacerme comprender,
la vida ya no tiene secreto alguno.
Yo y Dios, dos seres que hemos de renacer."

